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La renovación del líder cristiano
está preocupando hondamente en todos los círculos
del protestantismo español. Se trata de una crisis que afecta
por igual a todas las denominaciones evangélicas y a todas
las religiones, especialmenté a la católica. El catolicismo
español está presenciando el envejecimiento de su
clero y la ausencia de sangre renovadora. En el mundo de la política
ocurre otro tanto inderal. Hay políticos, pero no estadistas, no
hay líderes con visión que empuñen las riendas
de un mundo enloquecido flagyl er.
Un borracho como Yeltsin y un mujeriego embustero como Clinton se
han repartido el liderazgo político del mundo. En Europa
las cosas no son mejores. El enanismo mental de los líderes
en los países del Este, dominados hasta no hace mucho por
los soviéticos, está conduciendo a enfrentamientos
internos, guerras civiles, particiones geográficas, calamidades
sociales. El panorama en la Europa occidental es sangrante. Francia
experimentó una tremenda soledad a nivel nacional cuando
murió Mitterrand. Alemania no ha tenido un digno sucesor
tras la desaparación de Helmut Kohl. Los políticos
ingleses van de un escándalo heterosexual a otro homosexual.
Italia lleva años desangrándose por la escasa visión
y exceso de corrupción de sus líderes. España
está gobernada por políticos mediocres. No ha surgido
un político de la talla de Felipe González.
Las autonomías españolas se rigen por políticos
ambiciosos, estigmatizados, sin capacidad alguna de liderazgo. Y
no hay otros. "No quiero ni pensar en el día que haya
que sustituir a Fraga en Galicia", han dicho líderes
del PP.
A niveles nuestros, del pueblo evangélico, el problema tiene
otras dimensiones. Un partido político, una empresa, un equipo
de fútbol, pueden pensar en la renovación de sus líderes,
porque dedican millones a preparar a los sucesores. Nosotros, no.
Es preciso tener en cuenta esta verdad fundamental, inviolable.
El líder cristiano no es un hombre especialmente preparado
por la fábrica humana para que un día pueda figurar
al frente de algo. Los hay con estas condiciones, pero los tales
no son líderes, son muñecos mecánicos que obedecen
al dictado y realizan la que se espera de ellos.
El líder cristiano es un hombre que ha recibido de Dios uno
o varios dones. Al desarrollarlos ha destacado sobre otros y se
le han encomendado tareas especiales que le han catapultado a situaciones
de liderazgo. Nada más. A este hombre no se le puede renovar.
Es del todo imposible decirle que deje a otro el lugar que ocupa.
Si la consintiera estaría traicionando su propia vocación,
que ha de mantener hasta el día que muera, independientemente
de la edad.
| El líder cristiano ha de
surgir de Dios. Si lo preparan en una fábrica de pastores
y no tiene otras credenciales más que el diploma enmarcado
o los títulos de la Universidad de turno, mejor será
que se dedique a panadero o a repartidor de leche. No aguantará
en el ministerio. Y si resiste largos años, no ejercerá
nunca un liderazgo destacado. Eliseo heredó el manto
de Elías, pero a la muerte de Eliseo el manto desapareció.
Los profetas que llegaron tras él tuvieron que agenciarse
sus propios mantos. La renovación del líder cristiano
es necesaria, naturalmente. Cada generación debe servir
a sus semejantes. Sobre esto no hay duda alguna. Está
muy claro en la Biblia. Como también está claro
que la renovación ha de hacerla Dios mismo, poniendo
a cada cual en su lugar; no personas ambiciosas, sólo
preocupadas por los cargos - cosa muy diferente al liderazgo-
sin reunir las acreditaciones divinas imprescindibles. |
El
líder cristiano
ha de surgir
de Dios.
Si lo preparan en una fábrica de pastores y no tiene
otras credenciales más que el diploma
enmarcado
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Juan Antonio Monroy es conferenciante,
escritor y director de Alternativa 2000
© J. A. Monroy
© I+CP, 2001, Madrid
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