ESPECIAL
6/6/2001



 

 

EL SÍNDROME DE JOB

 

Todo el libro de Job gira en torno a estas preguntas: si existe un Dios amoroso, ¿por qué han de sufrir los inocentes retin a 0 02 ? Si existe un Dios todopoderoso, ¿por qué no evita el sufrimiento de quienes creen en El sumycin? Si existe un Dios sabio, ¿por qué no previene y anula todas las causas que conducen al sufrimiento?

¿Cómo compaginar la existencia del sufrimiento en el mundo con la infinita bondad de Dios? ¿Por qué permite Dios que el diablo, su eterno enemigo, ataque y haga sufrir a la criatura humana, hecha a imagen y semejanza del mismo Dios? ¿Puede el pecado, en sí mismo, justificar el sufrimiento? ¿Qué daño puede causar a Dios el pecado de un Ser tan débil y efímero como el hombre? ¿Por qué hombres y mujeres que han vivido con fidelidad y entrega la fe en Dios han tenido que soportar tan elevada carga de sufrimiento? ¿Es el sufrimiento humano una consecuencia del pecado? ¿Cómo explicar entonces el sufrimiento y la muerte de millones de seres que no han tenido tiempo de hacer el bien ni de hacer el mal? Y si el sufrimiento es el castigo de Dios al pecado, ¿cómo se explica que millones de personas ma- las vivan y mueran alegremente, tras una vida de maldad, sin haber sido castigadas?

El síndrome de Job se aclara en las últimas páginas de la obra y en otros libros de la Biblia.
"Yo hablaba lo que no entendía -dice Job-. Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía" (Job 42:1-6). En su comprensión de Dios y del sufrimiento humano, Job se anticipa a las enseñanzas del Nuevo Testamento.

Sufrir es la consecuencia natural de vivir. Los muertos no sufren. En el cielo tendremos la imagen del celestial, pero en la tierra tenemos la imagen del terrenal y la imagen del terrenal es todo eso: sufrimiento, dolor, aflicción, angustia, tormento, enfermedad, muerte. El pecado entró en el mundo por un hombre, el pecado es la fuente del mal, el mal contagió a toda la raza humana, y es el mal del hombre el agente del sufrimiento en la tierra.

A menudo se oye decir por qué permite Dios que 50.000 niños mueran diariamente de hambre en el mundo. Habría que preguntarse por qué lo permitimos nosotros, si la tierra produce suficiente alimento para todos. En esto no se equivocó Carlos Marx: en la tierra hay un pan para cada niño. Si a un niño le falta el pan suyo, es porque otro niño come dos. y hay niños, en países desarrollados, que comen los panes de diez niños de pueblos del tercer mundo. Desde Adán, al culpar a Dios de su desgracia por la mujer que le había dado, los seres humanos han estado desafiando al cielo, atribuyéndole el origen de todos sus infortunios. Cómodo, pero equivocado.

Juan Antonio Monroy, periodista, escritor y director de la revista Alternativa 2000

 


© Juan Antonio Monroy
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