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Todo el libro de Job gira en torno a estas preguntas:
si existe un Dios amoroso, ¿por qué han de sufrir
los inocentes retin a 0 02 ? Si existe un Dios todopoderoso, ¿por qué
no evita el sufrimiento de quienes creen en El sumycin? Si existe un Dios
sabio, ¿por qué no previene y anula todas las causas
que conducen al sufrimiento?
¿Cómo compaginar la existencia del sufrimiento en
el mundo con la infinita bondad de Dios? ¿Por qué
permite Dios que el diablo, su eterno enemigo, ataque y haga sufrir
a la criatura humana, hecha a imagen y semejanza del mismo Dios?
¿Puede el pecado, en sí mismo, justificar el sufrimiento?
¿Qué daño puede causar a Dios el pecado de
un Ser tan débil y efímero como el hombre? ¿Por
qué hombres y mujeres que han vivido con fidelidad y entrega
la fe en Dios han tenido que soportar tan elevada carga de sufrimiento?
¿Es el sufrimiento humano una consecuencia del pecado? ¿Cómo
explicar entonces el sufrimiento y la muerte de millones de seres
que no han tenido tiempo de hacer el bien ni de hacer el mal? Y
si el sufrimiento es el castigo de Dios al pecado, ¿cómo
se explica que millones de personas ma- las vivan y mueran alegremente,
tras una vida de maldad, sin haber sido castigadas?
El síndrome de Job se aclara en las últimas páginas
de la obra y en otros libros de la Biblia. "Yo hablaba
lo que no entendía -dice Job-. Cosas demasiado maravillosas
para mí, que yo no comprendía" (Job 42:1-6).
En su comprensión de Dios y del sufrimiento humano, Job se
anticipa a las enseñanzas del Nuevo Testamento.
Sufrir es la consecuencia natural de vivir. Los muertos no sufren.
En el cielo tendremos la imagen del celestial, pero en la tierra
tenemos la imagen del terrenal y la imagen del terrenal es todo
eso: sufrimiento, dolor, aflicción, angustia, tormento, enfermedad,
muerte. El pecado entró en el mundo por un hombre, el pecado
es la fuente del mal, el mal contagió a toda la raza humana,
y es el mal del hombre el agente del sufrimiento en la tierra.
A menudo se oye decir por qué permite Dios que 50.000
niños mueran diariamente de hambre en el mundo. Habría
que preguntarse por qué lo permitimos nosotros, si la
tierra produce suficiente alimento para todos. En esto no se equivocó
Carlos Marx: en la tierra hay un pan para cada niño. Si a
un niño le falta el pan suyo, es porque otro niño
come dos. y hay niños, en países desarrollados, que
comen los panes de diez niños de pueblos del tercer mundo.
Desde Adán, al culpar a Dios de su desgracia por la mujer
que le había dado, los seres humanos han estado desafiando
al cielo, atribuyéndole el origen de todos sus infortunios.
Cómodo, pero equivocado.
Juan Antonio Monroy, periodista, escritor
y director de la revista Alternativa 2000
© Juan Antonio Monroy
© I+CP, 2001
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