Especiales

 

 

ENTREVISTA A J trazodone. P cardura. LEDERACH,
CONSULTOR DE LA ONU PARA LA
RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS

De "El Eco bautista"
(Octubre-Diciembre 2000)



John Paul Lederach pertenece a una Iglesia protestante (la iglesia menonita) y es uno de los mayores expertos mundiales en la mediación de conflictos. Nació en Indiana (EE.UU.) en 1955 y se crió en el estado de Oregón. Actualmente reside con su mujer y sus dos hijos en Virginia, donde trabaja en el Eastern Mennonite College de Harrisonbur como profesor de un programa de maestría sobre la gestión de conflictos. Dedica seis meses al año a la enseñanza y los otros seis a la mediación práctica de conflictos alrededor del mundo.

Su experiencia y prestigio internacional se deben a su intervención en los conflictos de unos 30 países, entre los cuales están Nicaragua, Somalia, Filipinas, e Irlanda del Norte. Lederach cree en la cultura de la paz y dedica su vida a enseñar cómo construirla. De ella habla en sus libros: Educar para la paz, y Enredos, pleitos y problemas: una guía práctica para ayudar a resolver conflictos.

El asegura que la violencia es indeseable, pero no opina así de los conflictos. Porque esta convencido de que "el conflicto que obliga a un mayor entendimiento del otro es el motor del cambio".


Pregunta.- ¿En la mediación de qué conflictos internacionales ha participado y ha quedado más impactado?

Respuesta.- Los que más me han impactado personal y profesionalmente han sido muchos de América Latina, especialmente el de Nicaragua, a mediados de los años 80. Yo formé parte de un equipo de mediación, de conciliación, integrado por creyentes evangélicos. Trabajamos entre el gobierno nicaragüense y el movimiento opositor formado por indígenas durante unos 4 ó 5 años. Otro conflicto también muy impactante fue el de Somalia. Trabajé allí con organizaciones de ayuda humanitaria durante 1990 y 1991, cuando cayó el gobierno. Se trataba de un contexto musulmán en vez de cristiano, y fue muy diferente ayudarles y trabajar en esas circunstancias.

P.- ¿Cuál suele ser su función en la mediación de conflictos?

R.- No desempeño una sola función. Ser mediador es un trabajo más individual y no es lo que hago más a menudo. Yo suelo involucrarme en equipos que trabajan diferentes facetas. Normalmente, mi papel es el de educador, una tarea pedagógica que consiste en la capacitación de las personas para que respondan de formas más constructivas a los conflictos. Esto lo hacemos por medio de talleres. La mayoría son personas pertenecientes a la base de la sociedad de las comunidades afectadas, aunque a veces trabajamos con pastores e incluso con personas involucradas en negociaciones políticas.

Otra de mis funciones consiste en diseñar procesos, empezar a observar cuál es el diseño que mejor corresponde a cada conflicto y cómo buscar el apoyo de un proceso de cambio dentro de esa determinada situación. También existe la función de integrar un equipo de apoyo a los procesos de mediación, no tanto como el mediador, sino como una especie de soporte y ayuda. La mediación se debe entender más como un proceso y no como una persona. Trabajamos en equipos, así que el peso de la responsabilidad y del trabajo no recae únicamente sobre el mediador.

P.- ¿Cómo definiría la humildad?

Un puente une dos lugares, ayuda a cruzar de un lado a otro, pero a veces no se tiene en cuenta que el único servicio de un puente es que otros lo pisen. R.-La mejor definición para mí es la bíblica, en el libro de Filipenses, donde explica que Jesús, aun siendo hijo de Dios, no se aferró, sino que tomó la decisión de ponerse al servicio de los demás. Es algo sorprendente, porque todos somos hijos de Dios y Él, el más poderoso, escogió bajar. Para mí significa un milagro: bajar, no ser superior y pensar que el bienestar del otro es igualo más importante que el de uno mismo, procurar el bien del otro. Es una imagen interesante para el mediador, porque dicen que crea puentes.
Un puente une dos lugares, ayuda a cruzar de un lado a otro, pero a veces no se tiene en cuenta que el único servicio de un puente es que otros lo pisen. Crea un espacio por donde los demás pueden caminar, así que está al servicio de los demás. Tengo un amigo que opina que en la mediación sólo hay dos posibilidades: hacer el trabajo o recibir el mérito, pero no las dos a la vez. Eso significa que a menudo cuando la mediación tiene éxito no se menciona el nombre del mediador, pero cuando el proceso no consigue los efectos deseados, siempre saben a quién culpar.

P.- Usted habla de transformar conflictos en lugar de resolverlos. ¿A qué se refiere?

R.- Resolver significa buscar una solución al contenido. Transformar, en cambio, consiste en trabajar la cuestión del contenido y, a la vez, trabajar los cambios en la relación entre personas, no únicamente en cuanto a soluciones, sino también en cuanto a la marcha, a medio o largo plazo, de la relación. Como creyentes, además, nos gusta ver la imagen de la persona que ha sido transformada, observar que los cambios tienen un eco. Para nosotros, no es como una opción política, sino un estilo de vida, una manera de ser: poner en marcha las mismas características que vemos en Jesús. Eso contiene la idea de transformación.

P.- ¿De qué modo influyen sus convicciones cristianas en su profesión?

R.- Tengo bastantes compañeros cristianos con los cuales comparto una misma perspectiva, unos ojos de fe que interesan a los demás, a los no creyentes, aunque ellos no tienen por qué opinar o actuar como nosotros. Por ejemplo, nosotros tenemos una idea de comunidad muy fuerte y preferimos el trabajo en equipo. Esto no es común en la mediación: los libros suelen hablar de un mediador o, como mucho, de un comediador. Esta perspectiva no es corriente en las ciencias sociales, pero va muy ligada a cómo entendemos la Iglesia, el cuerpo de Jesús, y también a cómo vemos la unidad, que para mí es un concepto muy cristiano. Otro concepto como es el de escuchar se puede estudiar y se enseña como técnica en las ciencias sociales, aunque para mí es más profundo, porque creo que la capacidad de escuchar a Dios es la misma disciplina que la de escuchar a un hermano cuando no estamos de acuerdo con él. No es sólo una técnica, sino una disciplina espiritual. La más parecida es la oración: escuchar con paciencia y en profundidad. La verdadera oración consiste en escuchar y requiere una base de fe que radica en la disciplina y no en una técnica.

P.- ¿Cuáles son las causas de conflictos entre personas?

R.- Básicamente, son cuatro: el sentirse dañado en la autoestima; el miedo, que crea la necesidad de protegerse y empuja a creer que el otro busca lo peor para nosotros; el orgullo, salir con la cara bien alta; y el egoísmo. Todo esto se resume en la falta de humildad, el no verse como un ser humano.

P.- ¿Con qué dificultades se encuentra en la gestión de conflictos?

R.- La principal dificultad es lograr que la gente involucrada reconozca que existe un conflicto. En esas situaciones, hay mucho sufrimiento, hay heridas, y la gente se protege creando corazas; así que es muy difícil penetrar para llegar al núcleo. La paciencia y la disciplina de escuchar son muy necesarias. Ellos precisan ser escuchados, pero el proceso complica mucho la situación, porque unos se defienden y no escuchan a los otros, los cuales reaccionan sintiéndose ofendidos. Cómo crear la confianza suficiente para que la gente exprima lo que lleva dentro y saber escuchar son las mayores dificultades a las que nos enfrentamos.

P.- ¿Cuáles son las alternativas a la violencia?

La creatividad como arma no violenta es una gran opción.

También la capacidad de diálogo.

No debemos olvidar que Dios nos dio dos orejas, dos ojos y una sola lengua. Ésta es la proporción idónea para el diálogo.
R.- La violencia es una sola manera de enfrentarse a un conflicto. Consiste en la eliminación del problema eliminando a las personas. Pero cuando hacemos daño o eliminamos a personas, todavía nos queda el problema, la raíz. Las alternativas son muchas: desde las formas no violentas de hacer frente a las situaciones sociales, hasta la disciplina de escuchar, buscar alternativas a problemas que existen para crear más opciones. La creatividad como arma no violenta es una gran opción. También la capacidad de diálogo. No debemos olvidar que Dios nos dio dos orejas, dos ojos y una sola lengua. Ésta es la proporción idónea para el diálogo.

 

P.- ¿Pero cree conveniente buscar el diálogo en situaciones de conflicto aun cuando una de las partes no deja la violencia ?

R.- En la mayoría de casos en los que he trabajado, una de las partes no renunció a la violencia. La gran paradoja es cómo crear confianza y las condiciones adecuadas para que funcione la negociación cuando un grupo todavía recurre a la violencia. Es uno de los grandes retos: crear espacios que promuevan vías de negociación que son y se ven como lo suficientemente creativas para que la gente salga del círculo vicioso. Creo que sí, que siempre se debe buscar el diálogo. Cuando existe un problema eclesial, ¿qué es lo primero que hay que hacer? Reconocer que existe el problema y explicitarlo. Antes de entrar en contenido y buscar la solución, es importante definir el proceso a seguir según el problema. Si no se define bien, la gente se siente marginada, porque no le escuchan y se rebela. Entonces, el problema es que no les han escuchado, no les consultaron, no forman parte del proceso de decisión y eso les margina. Debe ser analizado, ver dónde, cuándo, quién apoya el proceso. Entenderlo primero y hablar antes de actuar, dar pasos y tomar decisiones.


© 2001 Elisabet Dionís, El Eco bautista (octubre-diciembre 2000)
© 2001 I+CP, Madrid, España