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John Paul Lederach pertenece a una Iglesia protestante (la
iglesia menonita) y es uno de los mayores expertos mundiales en
la mediación de conflictos. Nació en Indiana (EE.UU.)
en 1955 y se crió en el estado de Oregón. Actualmente
reside con su mujer y sus dos hijos en Virginia, donde trabaja en
el Eastern Mennonite College de Harrisonbur como profesor de un
programa de maestría sobre la gestión de conflictos.
Dedica seis meses al año a la enseñanza y los otros
seis a la mediación práctica de conflictos alrededor
del mundo.
Su experiencia y prestigio internacional se deben a su intervención
en los conflictos de unos 30 países, entre los cuales están
Nicaragua, Somalia, Filipinas, e Irlanda del Norte. Lederach cree
en la cultura de la paz y dedica su vida a enseñar cómo
construirla. De ella habla en sus libros: Educar para la paz, y
Enredos, pleitos y problemas: una guía práctica para
ayudar a resolver conflictos.
El asegura que la violencia es indeseable, pero no opina así
de los conflictos. Porque esta convencido de que "el conflicto
que obliga a un mayor entendimiento del otro es el motor del cambio".
Pregunta.- ¿En la mediación de
qué conflictos internacionales ha participado y ha quedado
más impactado?
Respuesta.- Los que más me han impactado
personal y profesionalmente han sido muchos de América Latina,
especialmente el de Nicaragua, a mediados de los años 80.
Yo formé parte de un equipo de mediación, de conciliación,
integrado por creyentes evangélicos. Trabajamos entre el
gobierno nicaragüense y el movimiento opositor formado por
indígenas durante unos 4 ó 5 años. Otro conflicto
también muy impactante fue el de Somalia. Trabajé
allí con organizaciones de ayuda humanitaria durante 1990
y 1991, cuando cayó el gobierno. Se trataba de un contexto
musulmán en vez de cristiano, y fue muy diferente ayudarles
y trabajar en esas circunstancias.
P.- ¿Cuál suele ser su función
en la mediación de conflictos?
R.- No desempeño una sola función.
Ser mediador es un trabajo más individual y no es lo que
hago más a menudo. Yo suelo involucrarme en equipos que trabajan
diferentes facetas. Normalmente, mi papel es el de educador, una
tarea pedagógica que consiste en la capacitación de
las personas para que respondan de formas más constructivas
a los conflictos. Esto lo hacemos por medio de talleres. La mayoría
son personas pertenecientes a la base de la sociedad de las comunidades
afectadas, aunque a veces trabajamos con pastores e incluso con
personas involucradas en negociaciones políticas.
Otra de mis funciones consiste en diseñar procesos, empezar
a observar cuál es el diseño que mejor corresponde
a cada conflicto y cómo buscar el apoyo de un proceso de
cambio dentro de esa determinada situación. También
existe la función de integrar un equipo de apoyo a los procesos
de mediación, no tanto como el mediador, sino como una especie
de soporte y ayuda. La mediación se debe entender más
como un proceso y no como una persona. Trabajamos en equipos, así
que el peso de la responsabilidad y del trabajo no recae únicamente
sobre el mediador.
P.- ¿Cómo definiría la
humildad?
| Un
puente une dos lugares, ayuda a cruzar de un lado a otro, pero
a veces no se tiene en cuenta que el único servicio de
un puente es que otros lo pisen. |
R.-La mejor definición para
mí es la bíblica, en el libro de Filipenses, donde
explica que Jesús, aun siendo hijo de Dios, no se aferró,
sino que tomó la decisión de ponerse al servicio
de los demás. Es algo sorprendente, porque todos somos
hijos de Dios y Él, el más poderoso, escogió
bajar. Para mí significa un milagro: bajar, no ser superior
y pensar que el bienestar del otro es igualo más importante
que el de uno mismo, procurar el bien del otro. Es una imagen
interesante para el mediador, porque dicen que crea puentes.
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Un puente une dos lugares, ayuda a cruzar de un
lado a otro, pero a veces no se tiene en cuenta que el único
servicio de un puente es que otros lo pisen. Crea un espacio por
donde los demás pueden caminar, así que está
al servicio de los demás. Tengo un amigo que opina que en
la mediación sólo hay dos posibilidades: hacer el
trabajo o recibir el mérito, pero no las dos a la vez. Eso
significa que a menudo cuando la mediación tiene éxito
no se menciona el nombre del mediador, pero cuando el proceso no
consigue los efectos deseados, siempre saben a quién culpar.
P.- Usted habla de transformar conflictos en
lugar de resolverlos. ¿A qué se refiere?
R.- Resolver significa buscar una solución
al contenido. Transformar, en cambio, consiste en trabajar la cuestión
del contenido y, a la vez, trabajar los cambios en la relación
entre personas, no únicamente en cuanto a soluciones, sino
también en cuanto a la marcha, a medio o largo plazo, de
la relación. Como creyentes, además, nos gusta ver
la imagen de la persona que ha sido transformada, observar que los
cambios tienen un eco. Para nosotros, no es como una opción
política, sino un estilo de vida, una manera de ser: poner
en marcha las mismas características que vemos en Jesús.
Eso contiene la idea de transformación.
P.- ¿De qué modo influyen sus
convicciones cristianas en su profesión?
R.- Tengo bastantes compañeros cristianos
con los cuales comparto una misma perspectiva, unos ojos de fe que
interesan a los demás, a los no creyentes, aunque ellos no
tienen por qué opinar o actuar como nosotros. Por ejemplo,
nosotros tenemos una idea de comunidad muy fuerte y preferimos el
trabajo en equipo. Esto no es común en la mediación:
los libros suelen hablar de un mediador o, como mucho, de un comediador.
Esta perspectiva no es corriente en las ciencias sociales, pero
va muy ligada a cómo entendemos la Iglesia, el cuerpo de
Jesús, y también a cómo vemos la unidad, que
para mí es un concepto muy cristiano. Otro concepto como
es el de escuchar se puede estudiar y se enseña como técnica
en las ciencias sociales, aunque para mí es más profundo,
porque creo que la capacidad de escuchar a Dios es la misma disciplina
que la de escuchar a un hermano cuando no estamos de acuerdo con
él. No es sólo una técnica, sino una disciplina
espiritual. La más parecida es la oración: escuchar
con paciencia y en profundidad. La verdadera oración consiste
en escuchar y requiere una base de fe que radica en la disciplina
y no en una técnica.
P.- ¿Cuáles son las causas de
conflictos entre personas?
R.- Básicamente, son cuatro: el sentirse
dañado en la autoestima; el miedo, que crea la necesidad
de protegerse y empuja a creer que el otro busca lo peor para nosotros;
el orgullo, salir con la cara bien alta; y el egoísmo. Todo
esto se resume en la falta de humildad, el no verse como un ser
humano.
P.- ¿Con qué dificultades se encuentra
en la gestión de conflictos?
R.- La principal dificultad es lograr que la gente
involucrada reconozca que existe un conflicto. En esas situaciones,
hay mucho sufrimiento, hay heridas, y la gente se protege creando
corazas; así que es muy difícil penetrar para llegar
al núcleo. La paciencia y la disciplina de escuchar son muy
necesarias. Ellos precisan ser escuchados, pero el proceso complica
mucho la situación, porque unos se defienden y no escuchan
a los otros, los cuales reaccionan sintiéndose ofendidos.
Cómo crear la confianza suficiente para que la gente exprima
lo que lleva dentro y saber escuchar son las mayores dificultades
a las que nos enfrentamos.
P.- ¿Cuáles son las alternativas
a la violencia?
La
creatividad como arma no violenta es una gran opción.
También la capacidad de diálogo.
No debemos olvidar que Dios nos dio dos orejas, dos ojos y una
sola lengua. Ésta es la proporción idónea
para el diálogo. |
R.- La violencia es una sola manera
de enfrentarse a un conflicto. Consiste en la eliminación
del problema eliminando a las personas. Pero cuando hacemos
daño o eliminamos a personas, todavía nos queda
el problema, la raíz. Las alternativas son muchas: desde
las formas no violentas de hacer frente a las situaciones sociales,
hasta la disciplina de escuchar, buscar alternativas a problemas
que existen para crear más opciones. La creatividad como
arma no violenta es una gran opción. También la
capacidad de diálogo. No debemos olvidar que Dios nos
dio dos orejas, dos ojos y una sola lengua. Ésta es la
proporción idónea para el diálogo. |
P.- ¿Pero cree conveniente buscar el
diálogo en situaciones de conflicto aun cuando una de las
partes no deja la violencia ?
R.- En la mayoría de casos en los que he
trabajado, una de las partes no renunció a la violencia.
La gran paradoja es cómo crear confianza y las condiciones
adecuadas para que funcione la negociación cuando un grupo
todavía recurre a la violencia. Es uno de los grandes retos:
crear espacios que promuevan vías de negociación que
son y se ven como lo suficientemente creativas para que la gente
salga del círculo vicioso. Creo que sí, que siempre
se debe buscar el diálogo. Cuando existe un problema eclesial,
¿qué es lo primero que hay que hacer? Reconocer que
existe el problema y explicitarlo. Antes de entrar en contenido
y buscar la solución, es importante definir el proceso a
seguir según el problema. Si no se define bien, la gente
se siente marginada, porque no le escuchan y se rebela. Entonces,
el problema es que no les han escuchado, no les consultaron, no
forman parte del proceso de decisión y eso les margina. Debe
ser analizado, ver dónde, cuándo, quién apoya
el proceso. Entenderlo primero y hablar antes de actuar, dar pasos
y tomar decisiones.
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