HEMEROTECA
Especiales



 

 

EL DERECHO A LA VIDA
DE LOS QUE PIENSAN DIFERENTE

Por Wenceslao Calvo

 

Introducción

Quisiera hacer una reflexión sobre un aspecto del derecho a la vida que hoy es de singular protagonismo: me refiero al fenómeno terrorista que, bajo la bandera de un nacionalismo, considera justificable el uso de la violencia hasta llegar a la eliminación física del oponente para conseguir sus fines alavert.

A vueltas con España

Desde 1492 e incluso desde antes, salvo cortos períodos de tiempo, no ha habido tregua en la España oficial para aquellos que se atrevieran a pensar de manera diferente a la hegemonía político-religiosa establecida triphala. No se trata de echar mano del fácil recurso a la Leyenda Negra, sino de constatar hechos objetivos: los judíos se vieron en la coyuntura de exiliarse o bautizarse, los protestantes tuvieron que escapar -si les dio tiempo- para salvar sus vidas del brazo secular, y ni siquiera los moriscos, con sus bautismos en masa, convencieron a sus "padrinos" (que tampoco quedaron satisfechos de la sinceridad de los judeoconversos, cosa mentecata por cierto pretender lograr sinceridad por la fuerza); después les llegaría el turno a los nacionalistas, liberales, republicanos, socialistas, y así un largo etcétera.

Es decir, el fanatismo religioso e ideológico ha sido una constante en la vida de España, lo que ha hecho pensar a algunos que la intolerancia es parte constituyente del ser español. La serie de Goya denominada Pinturas Negras vendría a expresar en tono tétrico los profundos fantasmas y horrores que bullen en nuestra Historia. Es la España profunda, madre y devoradora a un tiempo, cual Saturno, de los hijos que engendra. ¿O tal vez esa madre se sintió amenazada en lo más íntimo de su ser por algunos de esos hijos a los que no reconoció como propios, viéndose abocada a destruirlos para subsistir? ¿Es la intolerancia de la madre la que provoca la reacción de los hijos o es la rebeldía de los hijos la causa de la rigidez de la madre? He ahí el dilema español.

El caso es que cuando ya parecía que definitivamente se habían superado todos esos terrores, de nuevo la hidra de innumerables cabezas vuelve a mostrarnos otro de sus rostros temibles y amenazantes. La España tenebrosa, la que espantó a Goya, se ha vuelto a hacer presente entre nosotros, despertándonos a la trágica realidad del rechazo y la muerte. Otra vez se hace realidad la estrofa de Machado: "Una de las dos Españas ha de helarte el corazón."

La esencia del terrorismo

¿Es el terrorismo actual la reencarnación de la vieja madre intolerante y fanática o es el retoño rebelde que se levanta contra su progenitora? La respuesta podría ser ambivalente. Por los procedimientos que usa es un vivo retrato de la madre, por los fines que busca se trata del hijo disconforme.

Hay una diferencia entre el idealismo y el fanatismo; mientras que el primero persigue fines legítimos y usa medios acordes con los mismos, el segundo anda desviado en los fines o en los medios y a veces en ambas cosas. Es decir, el fanatismo no es más que una aberración del idealismo; y del fanatismo a la violencia sólo hay un paso. El fanático está más allá del razonamiento, de ahí que todos los intentos de reducirlo al ámbito del raciocinio estén condenados al fracaso. De ahí que el fanático no considere la violencia como algo execrable y a veces ni como un mal necesario, sino como el medio más apropiado de conseguir sus elevados propósitos.

Pero el peligro es que entre el celo idealista y el fanatismo intransigente que usa la violencia hay una línea de demarcación muy fina y los españoles la hemos cruzado repetidamente a lo largo de nuestra Historia. Ahora bien, éste sería precisamente el problema de ETA: habiendo nacido como resultado de un celo idealista ha caído en ese fanatismo intransigente. Si esto es así, se habría convertido, sin pretenderlo, en lo mismo que odia y ETA sería hoy, -contradicciones y paradojas de la Historia-, la expresión exacta de esa España siniestra que creíamos, equivocadamente, muerta. En otras palabras, ETA sería hoy el único reducto de lo genuinamente español.

Pero tal vez se puede pensar que más bien ETA es el vástago rebelde contra una madre despótica que no le permite expresar plenamente su identidad. En este sentido sería la continuidad (aunque por supuesto no en los medios que usa) de los antiguos judíos, protestantes o moriscos, quienes eran una amenaza para la concepción unitaria de aquel Estado nacional-católico que ha perdurado hasta mediados de la segunda mitad del siglo XX. Aquellos hijos (¿hijastros?) que se atrevieron a desafiar, de manera consciente o inconsciente, el dogma intocable fueron repudiados por la madre, quedando su futuro hipotecado para siempre.

Pero ¿es la unidad de España una verdad divina y eterna que está por encima del bien y del mal y más allá de toda discusión? ¿Se trata de algo sagrado que justifica la fulminación de los que la pongan en entredicho? Esta es la cuestión.

La aparición de los primeros Estados europeos: Inglaterra, Francia, España, tiene lugar entre los siglos XIII y XV, y en el caso de España esa creación se forja y construye a base de una férrea homogeneidad en la que no hay cabida para la diversidad. Las consecuencias de este "Santiago y cierra España" han sido calamitosas y las heridas producidas nos han alcanzado hasta hace bien poco. Algunas parecen estar todavía sin sanar, siendo el nacionalismo vasco violento la más profunda de todas. Y lo que ocurre cuando las víctimas o sus descendientes se desquitan es que los papeles se invierten: los antiguos verdugos y/o sus des-cendientes pasan a ser víctimas y los que fueron víctimas y/o sus descendientes se convierten en verdugos.

Derecho de autodeterminación - Derecho a la vida

He aquí dos derechos: el derecho a la autodeterminación y el derecho a la vida. El primero compete a los pueblos, el segundo es patrimonio de las personas. Pero como los pueblos están compuestos de personas, es preciso tener en cuenta los derechos de las personas para que los derechos de los pueblos nazcan de fundamentos sanos y seguros. De lo contrario se hace del Estado un Leviatán, es decir, un monstruo al que se sacrifican los valores individuales.

¿Tenemos los cristianos una base sobre la cual edificar un criterio fundado en algo más que opiniones partidistas o humanas sobre estas cuestiones? Yo creo que la tenemos; dejando a un lado el Sermón del Monte que es aplicable únicamente a los cristianos, hallo un fundamento racional y universal en los Diez Mandamientos (Éxodo 20) como código de convivencia válido para cualquier sociedad. Hay allí una serie de proposiciones que resumidas serían las siguientes: Respeto al ejercicio del culto debido a Dios (Exodo 20:3-11.), a la institución matrimonial y familiar (Exodo 20:12, 14), a la vida del prójimo (Exodo 20:13), a la propiedad del prójimo (Exodo 20:15), al honor del prójimo (Exodo 20:16)

Es decir, aquí se protegen valores fundamentales que también se encuentran en la Declaración Universal de Derechos Humanos y sin los cuales la persona queda alienada, desarraigada y liquidada. De esos valores hay otros que se desprenden de ellos, como la inviolabilidad de la conciencia, el derecho de cada uno de creer y adorar a Dios, el valor de la persona en sí misma como tal, independientemente de estatus, procedencia o creencia. De todos ellos es evidente que el derecho a la vida es prioritario.

¿Cómo califico, pues, al nacionalismo y sus aspiraciones de autodeterminación?. La respuesta sería la siguiente: en tanto dicha idea es respetuosa con las proposiciones contenidas en los Diez Mandamientos, es tan legítima como pueda serlo cualquier otra; pero en la medida en que viola dichas proposiciones, ya sea en sus postulados teóricos o prácticos, ha perdido su legitimidad moral y por lo tanto es indigna de ser tenida en cuenta.

El recurso a la violencia síntoma de fracaso

El recurso a la violencia para imponer las ideas a un pueblo no es más que la constatación de un fracaso; el fracaso de no poder ganarlo por métodos cívicos. También es la constatación del desprecio a las ideas de los demás, considerando las propias como las únicas dignas de existencia.

Aunque puedo entender que bajo un régimen opresor haya quien se levante en armas para sacudirse el yugo, lo que no puedo justificar ni entender, sino condenar sin paliativos, es que habiendo cauces de expresión civilizados como son las urnas, se eche mano de la violencia para defender e imponer las ideas.

Conclusión

Para terminar quiero hacer un llamamiento a los nacionalistas que han escogido la senda de la violencia: ¡Luchad por vuestras ideas! Pero hacedlo de una forma legítima, respetando el derecho a la vida y a pensar que tienen los que disienten de ellas. ¡Tened cuidado de consideraros los depositarios de la verdad, no sea que los que os sucedan tengan que avergonzarse de vosotros y de vuestro recuerdo! Y también a los no nacionalistas: ¡Cuidado con estigmatizar personas o programas por poner en entredicho cosas que en sí son perfectamente discutibles! ¡Cuidado con sacralizar ideas que son, después de todo, tan humanas como las de vuestros adversarios! ¡No caigáis en los mismos errores de nuestros antepasados!

Y que Dios nos ayude. Amén



Wenceslao Calvo, pastor evangélico y conferenciante, expuso esta respuesta personal a la Ponen-cia "El Derecho a la vida", durante las II Jornadas Nacionales de Bioética, celebradas en Madrid entre el 6 y el 9 de diciembre de 2000 El presente texto es un resumen de dicha conferencia

 
© Wenceslao Calvo
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